En la pupila del muerto

En la pupila del muerto
Relato premiado en el VI Certamen Internacional de Cuentos «Lenteja de Oro de la Armuña». Parada de Rubiales, Salamanca, 2005.

El deceso ocurrió a las dos de la tarde. Cuando supo que se iba se aferró a las manos de su hija María Luisa, quien recibió en pleno rostro el vómito final.

Estuvo vagando por ahí hasta las cuatro, hora en que fue consciente de su regreso al cuerpo, pero no como en esas historias donde se descubre de pronto que el médico se ha equivocado en el diagnóstico y que no se es ya objeto de sepultura. La seguridad de muerte definitiva la tuvo al escuchar sin dolor el primer tajo de sierra en el esternón y comprendió que su familia al fin iba a salirse con la suya.

—Será velado por tres días. Solo así podrá verlo Emilito…— Justificó su esposa, entre lágrimas y aspavientos, el haberlo llevado a la morgue, mientras agitaba ante las narices del forense la orden de extremarse en la momificación.

No es que le importara conservar sus antiguos órganos vitales. Al fin y al cabo solo eran pedazos de un cuerpo destrozado hacía mucho por la grasa, el alcohol y las mentiras cotidianas. Pero sabía que la muerte cobra cada segundo de más sobre la tierra.

El forense hizo bien su trabajo. Fue depositando una a una las vísceras en recipientes, al costado de la camilla metálica. Primero el corazón, que se había llevado a Venezuela el hijo, sin despedirse, lleno de miedo a lo desconocido, pero con una enorme urgencia económica en forma de armadura.

Después el estómago, inservible a partir del día en que comenzó a comer hervidos para impedir a las úlceras atravesarlo del frente a la espalda. Allí estaban las tripas, esas revueltas, azules y endurecidas de soportar a Estrella, la esposa, que imaginaba ahora dormitando en un sillón crujiente, muy cerca de la entrada de la capilla mortuoria. Y el cerebro, desde los años 80 en casa de Marcela, una mulata de salir, quien le puso los pelos de punta con un golpe de caderas. Los pelos y el pene, que gracias a Dios todavía tenía pegado al cuerpo.

El doctor se esforzó en ocultarle las pupilas. Un fallecido de ojos abiertos es de muy mal gusto. Tiró de los párpados del cadáver hasta juntar pestañas con pestañas, pero el ojo derecho se resistió tanto que ya no volvió a intentarlo, y así, con un ojo abierto y otro cerrado salió a la luz de su primer día de muerto.

La llegada a la funeraria fue todo un acontecimiento. Su posición de simple mecánico, dueño de nada, alcohólico e infeliz cambió gracias a la pupila desnuda (bastante tiempo en vida no vio claro para venir ahora a perderse su propia muerte).

Percibió el entorno: el cartel colgando de la sucia pared del frente: MEJOR UNIDAD NACIONAL EN CUMPLIMIENTO DEL PLAN ANUAL. Agosto 200.. y las dos pinturas colocadas a ambos lados de la entrada de la capilla destinada a su velorio. Los cuadros evocaban abundantes glaciares de algún remoto confín helado, cuya blancura se derramaba sobre el azul del mar y sobre el marco de madera, en medio del tórrido agosto. No sabía nada de pintura, pero supuso que alguien que pintaba glaciares en un clima como este era dueño de una fértil imaginación y de un oculto deseo de cambiar por completo de geografía.

Su contemplación fue breve, pues con ligera sacudida colocaron el féretro sobre cuatro oxidados soportes, cuyos diseños al estilo neoclásico prometían larga e indiscutible permanencia.

El pequeño local se fue recargando del humo de una treintena de cigarrillos. En el vaho se mezclaban los murmullos respetuosos del sueño eterno y la escaramuza de varios compinches de trago que se disputaban el privilegio de sentarse cerca del difunto.

No obstante, el primer rostro que se asomó al cristal fue el último que había visto en vida: el de su hija María Luisa. Ya limpia y más serena, pero con ansiedad en la mirada, fijó los ojos en él. Un segundo después caía del susto sobre Josefina, una amiga de su madre que esperaba turno para mirar al fallecido.

Josefina no comprendió de pronto el empujón, pero por si acaso se acercó al cristal con mucha cautela. Ella había vivido siempre muy en el centro de las cosas y ahora no pretendía quedar al margen, así que se inclinó sin más preámbulos sobre la cara yaciente. El brillo de la pupila la detuvo en mitad del movimiento. Era raro tanto brillo en algo muerto, y al mismo tiempo tanta fuerza.

Hasta ese momento él no se había percatado del don recibido. El conocimiento de poder le llegó de la misma Josefina, quien vio pasar su vida inútil proyectada desde el ojo del extinto. Episodio tras episodio. Aquel de la boda de su hija Lola, quien se casó por amor con Ramirito, el flamante Licenciado en Lengua Alemana del pueblo. La ceremonia fue a todo el dar que podía la familia, en el Palacio de los Matrimonios, y colmada de invitados, tantos que el recién desposado no pudo darse cuenta en qué momento su Lola y El Alemán se conocieron.

En la pupila del muerto

Fue después, en el nacimiento del primer hijo, cuando supo que algún gen ario se había mezclado en el proceso, pero ya tarde para reparar el daño, aceptó al crío. Hizo bien, porque a partir de ese momento, y cada tres meses hasta hoy, recibe una remesa abundante de euros y la visita puntual de El Alemán, quien cuida de Lola y del hijo durante dos semanas completas, período en que Ramirito se puede dedicar por entero al descanso.

Lo doloroso del trance había convertido la vida de Josefina en una encrucijada. Claro que no era lo mismo verlo con otros ojos. Salió disparada hacia la salida y al minuto la leyenda subió de tono. El muerto podía registrar en el pasado y quién sabe si prever el futuro, cosa a la que todo al mundo aspira, aunque sea en secreto. Y era evidente que disfrutaba con la indagación.

El próximo en acercarse fue Cristóbal. Le gustaba escribir cartas, llevaba un diario, leía incansablemente. Poseedor de una manía muy peligrosa, se acercó a probar suerte, pues si el muerto podía saber, ¿qué no podrían los vivos?

Nada más una mirada y se vio a sí mismo dentro del ojo insomne subrayando con extremo cuidado cada oración leída. La prueba más irrefutable de sus lecturas. Cada documento subrayado es un documento leído. Nadie puede escrutar el pensamiento, pero si se comete el error de dejar huellas de lecturas, se sabrá lo que uno piensa. Y Cristóbal pensó: la sabiduría del muerto acabaría por conocerse en los medios de prensa, y entonces el pueblo no tendría salvación.

De un tirón cubrió el cristal con un paño negro que colgaba de un clavo a su derecha y salió de la capilla en silencio, pero sin lograr ocultar la palidez del rostro.

Quince minutos después, Carmen, la esposa del hijo ausente, tiró del manto que cubría el féretro preguntándose quién habría perpetrado tamaña irreverencia, pero sólo le bastó un segundo para darse cuenta que la decisión había sido acertada: se vio en los brazos de Fernando, el dependiente de la tienda por divisas. Ser infiel no había sido difícil, sobre todo con un hombre de tantos recursos, pero que su suegro la descubriera aún estando muerto… No conseguiría ocultarlo a Emilito, pues parecía como si el muerto no pudiera evitar proyectar la verdad desde su pupila.

Entonces comenzó a meditar de qué forma remediar el problema. Lo primero era hacer una prueba con alguien muy querido por el difunto. Así, interviniendo lo sentimental, no quedarían dudas acerca de si se podría o no manipular la verdad, aún la muerte mediante.

Salió al portal de la funeraria para tomar inspiración. Y bien que le vino. Por la acera del frente pasaba Ismael, con el pelo recogido sobre la nuca, un par de gafas oscuras y el pantalón apretado al cuerpo. A pesar de sus cuarenta era la locura de las jóvenes, el único roquero con pedigrí del poblado. Y según las malas lenguas, el padre del hijo de María Luisa.

Carmen se plantó frente a Ismael con una mueca que pretendía ser sonrisa. Se preguntaba si él querría pasar a rendir honores al fallecido. El hombre no estaba preparado para la invitación y no pudo evitar el titubeo. Carmen interpretó el gesto como la confirmación de los rumores pueblerinos e insistió. Y así logró arrastrarlo hasta la capilla.

Como todo buen amante de la música, Ismael había cometido sus pecadillos. Guardó celosamente y durante mucho tiempo los discos de los Beatles, aún cuando escucharlos era fatídico para la ideología. Y más, qué decir de sus coqueteos con la primera época de Silvio R, aquella que todos añoran. Bueno, él no sabía del don del muerto. En vida habían compartido dos o tres tragos circunstanciales pero nada que ver con compartir opiniones. Es verdad que le gustaba María Luisa, pero ella era una mujer casada, y aunque los roqueros podían ignorar los dogmas, él conocía de límites. Con esas glorias y pocas penas pasó la prueba de la pupila.

Para Carmen fue insoportable. Creyó de inmediato en la conspiración familiar. Ella nunca había sido bienvenida a la familia, sobre todo después de su insistencia en que Emilito viajara, muy a pesar de su miedo a volar. Eran cosas de guajiro y hacía falta el dinero.

Bueno, si la pureza de la María Luisa había quedado incólume, deberían tomarse otras medidas para acallar al suegro, que de tan indiferente en vida, se había vuelto muy observador en la muerte.

En la pupila del muerto

Decidió acudir a las autoridades. A las cuatro horas de la notificación de tan extraño suceso, hizo su entrada a la capilla el teniente Duque. Con expresión autoritaria pidió a los dolientes quedarse a solas con el cadáver. Si aquello que le contaron era cierto, no convenía tener testigos de su inspección. Con nerviosismo sacó un destornillador del bolsillo de su chaqueta y comenzó a abrir la tapa del ataúd. De fuera llegaban cuchicheos que aumentaban su perturbación, hasta que con un ademán brusco terminó por destapar la caja. En verdad que era una fea imagen la del extinto. Pero quiso un cara a cara sin cristal por medio. Si había que ser drástico lo sería y no digo si le cerraba el ojo.

Pasaron dos o tres minutos y no se producía la exposición de evidencias. O la gente era muy impresionable o necesitaba hacer catarsis de lo que llevaba dentro. El policía no era muy astuto, pero estaba entrenado para desconfiar de todo y de todos. Descubría conspiración, atentado al poder en la más mínima acción. Como nada sucedió, decidió cerrar el féretro y abandonar el área hasta consultar con los superiores.

En el ínterin, su esposa Nancy, la maestra de primaria más antigua de la zona, convino quedarse observando para informar al marido de cualquier asunto sospechoso. Ella había sido muy creativa en sus años mozos. Heredera de los mejores preceptos de la pedagogía positivista, aquello de que letra con sangre entra, acostumbraba a poner de rodillas a sus alumnos sobre chapas de botella detrás de las puertas, sobre todo si practicaban la fe católica, porque la religión es el opio de los pueblos y porque hay que saberse las preposiciones de memoria.

Se acercó al sarcófago con cuidado y depositó sobre él una tímida amapola. Con este gesto suponía que, si era verdad lo que el pueblo comentaba, el yaciente perdonaría cualquiera de sus inconsecuencias.

Pero se equivocó. Ante sus ojos desfilaron sus secretos bien guardados. En la cocina, mientras preparaba la carne de res que su marido había confiscado hacía unas horas a un matarife ilegal, se dejaba toquetear por el carnicero legal de la bodega pueblerina. Carne que lleva a la cárcel hasta al más pinto con quince años sin indulgencia. Vaca sagrada del Caribe. No. Esto no podía tolerarse. Tendría que dar cuenta y la funeraria quedaría cerrada hasta que llegara el hijo del difunto: el que estaban esperando para el entierro.

Los afligidos familiares se alarmaron ante tal mandato. Faltaban cinco horas para la llegada de Emilito, que en ese justo momento recorría en un carro desvencijado los quinientos kilómetros que lo separaban aún de su padre. Porque ni para un asunto de tanta urgencia y congoja habían podido enviarle en un transporte adecuado.

Emilio Solo, el hijo ausente, el mejor médico del poblado según la comidilla. Dedicación y belleza física aventaron su fama, hasta que un día el amor le llegó en una ambulancia. Y con él, los compromisos. Primero un hijo y después otro. Cuatro en total. Porque de aborto no podía hablarse en su casa.

Entonces no tuvo más lugar para la tranquilidad de espíritu ni de bolsillo. En sus largas noches de guardia ideaba posibles soluciones, hasta que le cayó del cielo aquel bendito viaje. Bueno, en verdad que al principio se negó, cosas de guajiro que nunca se ha montado en un avión, pero en cuanto se repuso de la primera, no dudó en dar el paso al frente.

Dos meses fuera y se sintió otro. Aún cuando sobre él pesaba el remordimiento de contrariar al padre. Pero es que valió la pena. Ya había comprado mucho de lo que Carmita necesitaba para la casa, incluido aquel equipo de video tan ansiado.

Es verdad que había mucho trabajo. Largas madrugadas. Caminatas agotadoras. Gente diferente. Más agradecida por menor costumbre de atención tan esmerada. Si se viene a ver, hubiera preferido hacer lo mismo allá en su pueblo. Pero estaba lo del dinero. Y eso allá ni soñarlo.

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Desde que supo la noticia no dejó de sollozar. Aún cuando le explicaron que se habían tomado las medidas para que pudiera acompañar al padre hasta su última morada. No. El motivo de su aflicción era la saga de los malos agüeros: solo dos meses fuera y ya con un muerto en la familia. Por algo se había resistido a salir. Claro que no pudo negarse por mucho tiempo. Eso no es cosa de patriotas.

A su llegada lo estaban esperando en el aeropuerto de la capital. Puede decirse que la plana mayor. Hubiera preferido llorar sobre los hombros de Carmita, pero ella estaba ocupándose personalmente de su traslado, allá en el lejano pueblo. Muchas llamadas tuvo que hacer para conseguir que lo montaran en el ómnibus de salida más cercana. Aún así la precariedad del vehículo que abordó era absoluta: se descompuso tantas veces que llegó al poblado al anochecer del tercer día, bajo un gigantesco aguacero.

Su arribo tan esperado hizo que por un buen rato se olvidaran del muerto. Al fin y al cabo Emilito era una especie de héroe. No aplaudieron cuando puso pie en tierra porque su rostro estaba empapado, y existió la confusión de si de lluvia o de lágrimas. Por si acaso se aplacó la efusividad y le abrieron paso hacia la funeraria.

Todavía al llegar a la puerta de la capilla era seguido por una muchedumbre ahora en silencio. Con un ademán pidió estar a solas con su padre.

La pupila fría, clavada en el techo, reflejaba el vaivén de las cintas de las coronas. Azucenas, rosas y girasoles ya marchitos se inclinaban sobre el féretro tapizado en burda tela gris y a la cabeza del cajón dos bombillos polvorientos, en un amago de luz, solo conseguían hacer crecer las sombras.

Emilio también tuvo miedo de escudriñar dentro del iris. Pero al acercarse al rostro amado solo consiguió percibir en la pupila su propio rostro, cansado y doliente. Su frustración y su infelicidad. Y no había nada más que ver. Se abrazó al féretro hasta que alguien le susurró al oído que ya era la hora.

En el patio se habían congregado los que asistirían al sepelio. A la capilla ya nadie se aventuraba por temor al poder del muerto. Despacio y con mucho cuidado fueron recogiendo las coronas para evitar que las flores se desgranaran sobre el piso. Luego sellaron la tapa del ataúd y cuatro hombres lo sacaron a la luz del crepúsculo.

Había cesado de llover. Varios carros en hilera esperaban para iniciar el cortejo fúnebre. El teniente Duque y su esposa vigilaban todos los movimientos a escasa distancia. No era cosa de ignorar lo que allí ocurrió y podría esperarse algún último acontecimiento. No obstante la tranquilidad había vuelto a la comarca luego de que se anunció el entierro.

Poco a poco los carros enfilaron por la única avenida del poblado, en cuyo extremo se encontraba el cementerio. La rutina fúnebre exigía paciencia y destreza de los choferes, pero en este caso tendrían que apurarse un poco porque la noche se insinuaba y las luminarias públicas no habían sido encendidas. Alguien desde la calle gritó que no habría luz para enterrar el cadáver porque una avería en el tendido privó al pueblo de electricidad. Eran las consecuencias de la lluvia y el óxido.

La carroza fúnebre hizo su entrada en el camposanto cuando ya era un poco difícil ver al de al lado. La familia buscó con prisa la tumba que le habían asignado desde el día anterior. Resultaba un grosero montículo de cemento de fauces abiertas, recubierto de lodo rojizo, sin otra señal que una cruz despintada y maltrecha. Sin tiempo para reclamaciones, los vecinos juntaron linternas y velas y así iluminaron la ceremonia. Nadie despidió el duelo. Las flores cayeron de golpe, aferradas a la oscuridad.

Cuando supo que estaba en el interior de la tumba detuvo la búsqueda y se preparó a esperar que su última visión, la única de futuro, se realizara.

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