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El «viejismo»: un lastre para nuestra civilización

La piel suele considerarse marca de la edad, su portavoz. El que observa desde fuera cree que, con solo una mirada, tiene la capacidad de evaluar el avance del tiempo sobre nuestro cuerpo y de expresarlo en una escala numérica que comienza desde el nacimiento. A esta escala se le ha llamado edad y, en este artículo sobre el «viejismo», y a modo de precisión, usaremos la expresión edad cronológica.

La edad cronológica, como muchas de las etiquetas que la sociedad ha convenido fijar, es un sistema de medida y clasificación que ha sufrido variaciones constantes desde que hay noticias. De hecho, el calendario gregoriano por el que en la actualidad se rige la mayoría de los países del mundo, no estuvo vigente hasta 1582 y continúa con errores de ciclos cada cierta cantidad de años; lo que quiere decir que la edad de nuestros antepasados no fue calculada como la de nosotros y que todavía algunos de nuestros contemporáneos perderán 10 días en su camino por la vida.

Si a esta imprecisión sumamos la denominada edad biológica, la que representa el estado de nuestros órganos y células, se hace más difícil aplicar un rótulo de tiempo a la corporalidad del ser humano. En esta edad biológica incide, mayormente, el estilo de vida que se haya decidido adoptar y que incluye, desde elementos más concretos como la alimentación, la ejercitación, la ausencia de las mal llamadas enfermedades crónicas; hasta factores más intangibles y poco valorados como la voluntad y fortaleza del espíritu, actualmente englobadas en el concepto de actitud positiva, pero que va más allá.

Envejecer es como escalar una montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena. 

Igmar Bergman

Edad cronológica como unidad de medida

No obstante, la estructura del sistema social vigente asume como convención que la edad se mide a partir de la fecha registrada en el certificado de nacimiento asentado en un registro civil. Esa es la que hará que tengas más o menos oportunidades de empleo, de acceso a ciertos servicios y productos, a formar parte de determinados grupos sociales y a ser más o menos visible para el resto. Pudiéramos agregar que a mayor edad cronológica, según en qué país y según qué costumbres, las personas pueden llegar a sufrir maltratos y absoluta desconsideración.

Contrariamente a esto último, acorde a evidencias documentales, sociedades antiguas respetaban tanto a sus mayores que estos formaban parte, en algunos casos, de los llamados consejos de sabios. La experiencia de los que más han vivido era fuente de conocimiento esencial para el desarrollo de las comunidades. Y las familias, en vez de apartar a los ancianos, los honraban como los integrantes que más podían contribuir a su estabilidad. Muchos sinsabores y dinero se ahorraban estas sociedades que aprovechaban sin prejuicios el saber de sus adultos mayores.

Prisioneros del «viejismo cultural»

Pacho O’Donnell, escritor y psiquiatra argentino, utiliza el término «viejismo» acuñado por Leopoldo Salvarezza, pionero de la geriatría en Argentina. Según Salvarezza esta expresión define «la discriminación de la vejez en base a prejuicios y convenciones culturales exacerbadas en tiempos de la sociedad de consumo que considera a los seres humanos en función de su valor económico, escaso o nulo en caso de personas mayores»1.

Antes de Salvarezza, ya en 1969, el gerontólogo estadounidense Robert Butler había acuñado el término edadismo para referirse a este tipo de prejuicios y sus consecuencias devastadoras. No obstante, el término edadismo, de uso generalizado por el entorno institucional, se aplica actualmente a  toda discriminación por razón de edad, incluida la discriminación de los jóvenes:

«Las personas adultas más mayores y más jóvenes se ven a menudo desfavorecidas en el lugar de trabajo, y el acceso a una educación y formación especializada se reduce significativamente con la edad. El edadismo contra los más jóvenes se manifiesta en muchas esferas, como el empleo, la salud, la vivienda y la política, donde sus voces suelen ignorarse o rechazarse»2

Además, el vocablo edadismo, originalmente en inglés ageism, suena en español como un eufemismo, como si evitara las palabras malditas que reflejan el avance del tiempo. Por su parte, el término «viejismo» es más preciso y acota su ámbito de actuación al segmento de los mayores de 60, a la vez que amplía su connotación semántica con más elementos que incluyen la participación de toda la sociedad, incluso de muchos de los propios afectados, en esta especie de descarte. Hay muchas personas que se involucran en el proceso de sentirse viejos y obran como los demás perciben que actúan los viejos. De ahí que Pacho O’Donnell  se refiera a este azote como «viejismo cultural» de la sociedad en la que vivimos.

vejez
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La vejez no es una condena, sino un desafío.

Pacho O'Donnell

¿Qué hay detrás del «viejismo cultural»

Como son innumerables los factores que conducen a la práctica de esta conducta discriminatoria, solamente me referiré a los que, a mi juicio, tienen mayor peso:

  • Como expresa Robert Butler, hay causas económicas e históricas. Las primeras se refieren al traslado de la propiedad sobre los medios de producción. En épocas anteriores, de economías agrarias, los hombres ancianos eran los dueños de la tierra; en la era industrial el lugar de trabajo se trasladó de las casas a las sedes empresariales y esto propició que las personas mayores fueran perdiendo su autoridad en el seno de las familias.3
  • Pacho O’Donnell también se refiere a las causas económicas cuando alude a las características predatorias de la sociedad actual, una sociedad de producción y consumo, donde los mayores ni producen ni consumen, y que está basada en el descarte de lo viejo4, ya sea un producto o una persona.
  • El temor a que las personas, con el paso de los años, se vuelven más vulnerables y necesitan cuidados de salud especiales que acarrean mayores gastos a las familias. Esta apreciación se agudiza con el aumento del costo de la vida que obliga a emplearse a toda la unidad familiar y a abandonar o contratar el cuidado de los ancianos.
  • El materialismo exacerbado que hace hincapié en la importancia del cuerpo físico,  acallando y diluyendo el cuerpo espiritual que habita en nosotros.  En este sistema se hace un culto extraordinario a la belleza física que se transforma cuando pasan los años. Los estándares de belleza son privativos de la juventud, se refieren solo a la corporalidad y dejan de tener importancia la espiritualidad y la experiencia.
  • Lo que no tiene marca de modernidad no sirve. De ahí los prejuicios para emplear personas que son mayores de 50. Existe la creencia arraigada de que los mayores de esa edad no pueden aprender algo nuevo, no tienen habilidad para asimilar y emplear nuevas tecnologías.  Este juicio va acompañado de que las normas gubernamentales que aparentemente se aprueban para nuestro beneficio, como las de seguridad social, traen un veneno oculto: el criterio de autoridad de que los mayores de cierta edad van en franco deterioro y por ello hay que elevar el monto de su cotización.
  • La vejez como una etapa humana a ignorar pues es el camino que lleva a la muerte. Existe una especie de convicción general y silenciosa de que la vejez es el camino por el cual se llega a la muerte, sin considerar que para morir solamente hay que estar vivo. No importa la edad. Este axioma suelen expresarlo los más jóvenes, sin reflexionar que la vejez es el futuro inevitable si se consigue vivir por mucho tiempo. Así que si se discrimina a los viejos, se está sentando un precedente que todos habremos de sufrir.
  • Con el transcurrir del tiempo y el afianzamiento agresivo de los prejuicios sociales acerca de la vejez, muchas personas en esta etapa se dejan arrastrar hacia una autopercepción degenerativa. Eliminan de su ciclo vital actividades que para ellos huelen a juventud, tales como la práctica del deporte, el sexo, vestir elegantes, hacer vida social y emprender nuevos proyectos, para sumirse en un estado de soledad, hastío y espera de lo inevitable.

La vejez es relativa: a medida que se avanza en la escala cronológica se extiende la percepción de juventud y se acorta la de vejez. Los niños ven a los de 25 años como viejos, los de 50 a los de 70 como todavía jóvenes.

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¿Qué pudiéramos hacer para contrarrestar el «viejismo»?

  • Un poco de reflexión

Debiéramos reflexionar que desde que nacemos comenzamos a envejecer. Nuestra edad biológica acompaña silenciosamente a la edad cronológica y se deja entrever por algunas grietas de vez en cuando. Es un proceso natural del ser humano que solo se interrumpe o acorta cuando sobreviene ese otro momento que todos tratamos de evitar y al que muchos temen de forma enfermiza: la muerte.

Muchos que hablan del tema del envejecimiento coinciden en que los mayores saben algo que los más jóvenes ignoran: el tiempo, y no el dinero, es lo más valioso que tenemos. En la juventud, el tiempo se escurre entre escaramuzas vitales y cuando nos damos cuenta ya hemos entrado en la plena madurez, y luego en la vejez a la que tanto tememos. Como menciona O’Donnell, «todos quieren vivir muchos años pero nadie quiere ser viejo».

Ante esta condición humana ineludible, habría que remarcar la importancia de nuestro componente espiritual, que nunca envejece, que no entiende de edad cronológica ni biológica, y que nos aporta mayor felicidad. Las vivencias son fundamentales para comprender de qué se trata la existencia y conseguir develar el secreto de la eterna juventud.

  • Conocer vivencias de otros

Recientemente un joven recorrió varios lugares en Estados Unidos haciendo entrevistas a personas mayores de 60 años. Una anciana de 78 le manifiesta que su cuerpo tiene esa edad pero que su espíritu es de 26 años.  Todas las respuestas fueron simples, espontáneas y de un alto grado de sabiduría. En sentido general manifestaron la importancia de enfocarse en lo positivo de la vida y en el momento presente sin preocuparse en exceso por el pasado o el futuro;  en no sufrir el delirio de materialismo que lastra a gran parte de la humanidad, solo es importante poseer lo necesario para vivir. Remarcaron el gozar de una buena salud, proveniente de una adecuada alimentación, del consumo de poco o ningún medicamento químico; de rodearse de relaciones de calidad, tanto en la familia como fuera de ella, y de disfrutar de momentos de felicidad junto a sus parejas5.

En muchos casos, cuando ocurre la pérdida de un anciano en las familias, nos lamentamos de no haber compartido más tiempo con él. La historia familiar, las anécdotas que se cuentan en el hogar, los recuerdos que se trasmiten oralmente por los mayores son parte fundamental que, pedazo a pedazo, va componiendo la historia de las sociedades y de las naciones. Las generaciones más antiguas son protagonistas o testigos de la historia de la humanidad. Muchas veces lamento no haber conversado más con mis ancestros que vivían cuando iba creciendo, pues siento que me perdí muchas cosas que hoy me serían de provecho para mayor comprensión de la realidad en que vivimos.

  • Dar vítores por la «sexalescencia»

«La vejez sin alma no se relaciona con el almanaque sino que llega cuando uno deja de aprender, cuando apaga su curiosidad y vive más de recuerdos que de proyectos».6

En el año 2022, el abogado ecuatoriano Manuel Posso Zumárraga publicó en un vídeo las respuestas a una entrevista donde expresa sus ideas alrededor del tema de la vejez y de las personas que se niegan a aceptar los prejuicios en torno a ella. A pesar de que en la entrevista se hace uso de varios términos para denominar a este segmento de la población de mayores de 60 años, Zumárraga se decanta por nombrar «sexalescencia» a la etapa etaria que transitan.

Explica que «es una generación espontánea que se cree útil para el prójimo y para mejorar su calidad de vida […], que ha echado fuera del idioma la palabra “sexagenario” porque sencillamente no tiene entre sus planes actuales la posibilidad de envejecer».7

Zumárraga explica que es una novedad demográfica que irrumpió en nuestros tiempos tal como a mediados del siglo XX surgió la adolescencia. La componen «hombres y mujeres que manejan las nuevas tecnologías, son modernos, visten a la moda […], activos en el ejercicio y el deporte, con ganas de disfrutar la vida, aprender, colaborar con la sociedad, viajar […] y ser dueños de su destino; renunciando a la ubicación como personas de la tercera edad, simplemente porque no se han dado cuenta que están en ella».8

En España se trata de promover, aún con muy poco éxito, el término «madurescencia» con la misma acepción, y en algunos ámbitos se habla de «sénior», pero más bien asociado al mundo empresarial para denotar experiencia en un área profesional.

Lo importante es que de este grupo «nadie se pone a llorar cuando pierde: solo reflexionan, toman nota, aprenden de sus experiencias, cultivan su propio estilo y siguen su camino sin mirar el pasado [con nostalgia]».9

El «viejismo»: lastre y amenaza

Creo que aún estamos a tiempo para integrar, respetar y escuchar a quienes conforman este imprescindible grupo humano. El sistema que rige el mundo actual, del color que sea, no parece muy interesado en preservar la memoria viva de las sociedades: los más viejos. Los supuestos planes de protección no son reales, son puro artificio. Como mucho de lo que vemos a nuestro alrededor, son representaciones teatrales ante los ojos de quien quiera creerlas.

No hay que olvidar que «la historia la escriben los vencedores»10 —y añadiría— y los que ostentan el poder. Las sociedades marchan enredadas en una madeja de ideologías mayormente impuestas desde arriba y no siempre beneficiosas para su evolución. La historia es tan manipulable que existen numerosas versiones acerca de un mismo hecho en diferentes momentos, según la visión de las sucesivas generaciones a medida que se alejan del hecho mismo. Visiones diferentes, perdidas en océanos de documentos de los cuales no tenemos idea de la confiabilidad de sus autores. Así que nada mejor que extender lo más que podamos la memoria viva para contrastar las interpretaciones y que sirva de referente de lo que más nos conviene.

Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo
George Santayana

Hay que ser conscientes de que cuando ya no estén,  se habrá borrado la historia colectiva basada en las experiencias individuales.

Habrán desaparecido muchos de los trucos de supervivencia, los estilos familiares de organización hogareña, las fabulosas recetas de comidas caseras y los procedimientos naturales para el cuidado de enfermedades. Habrán desaparecido las buenas prácticas que es una de las bases de conocimiento de las civilizaciones.


  1. Leopoldo Salvarezza, tomado de: Pacho O’Donnell. La nueva vejez: ¿La mejor edad de nuestras vidas? Ed. Sudamericana, 2023. ↩︎
  2. El edadismo es un problema mundial. Comunicado de prensa. OMS. https://www.who.int/es/news/item/18-03-2021-ageism-is-a-global-challenge-un. 18 de marzo 2021. ↩︎
  3. Robert Butler. Combatiendo el edadismo: un asunto de derechos humanos y civiles. P. 3-5. En Edadismo en Estados Unidos, boletín sobre el envejecimiento. Perfiles y tendencias, No. 40, agosto 2009.  Acceso http://envejecimiento.csic.es/documentos/documentos/boletinsobreenvejec40.pdf ↩︎
  4. Pacho O’Donnell. Entrevista en el canal El Doce, Youtube. 29 de diciembre de 2023. Enlace: https://www.youtube.com/watch?v=flVYdg8Y6ew ↩︎
  5. Yair Brachiyahu. Tomado de: Mike Hoffmann (@MrPassive_). Posteado en X a las 2:37 p.m mar., abr 09, 2024: https://t.co/dZPvIZLjZR ↩︎
  6. Pacho O’Donnell. La nueva vejez: ¿La mejor edad de nuestras vidas? Ed. Sudamericana, 2023. ↩︎
  7. Manuel Posso Zumárraga. La era de la sexalescencia. https://www.youtube.com/watch?v=Q1NMFHrO1WQ ↩︎
  8. Idem. ↩︎
  9. Idem. ↩︎
  10. George Orwell. Revising History. Tribune. Londres, 1944. ↩︎